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El Psicoanálisis y sus psicoanalistas
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Nos reunimos de nuevo el lunes 15 de abril, en el cercle de Gràcia.
EL TDAH: UNA APUESTA POR LA SUBJETIVIDAD
Vivimos en un mundo, donde cada vez mas niños y adolescentes son diagnosticados, con TDAH y donde no se les escucha en sus malestares y dificultades. Pasan a ser consumidores, tanto de objetos como de medicamentos; se les exige que rindan a toda costa y si para ello fuera preciso drogarles así se hace.
El TDAH como otros muchos síntomas, se explican de forma única y se olvida la manera en que cada sujeto goza, desea, sufre y vive.
Cuando todo es producto de una alteración biológica, ¿Dónde queda la subjetividad, lo más íntimo del ser humano?
Como dijo Lacan: “Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época”.
Cuando escuchamos decir, que un niño es TDAH; así entendido, dicha nominación apunta al ser y creo que tiene más que ver con el tener que con el ser.
Si un niño tiene un comportamiento o una conducta inapropiada, se ha de escuchar a ese niño desde su singularidad, uno por uno.
Preguntarse: ¿Que es lo que le pasa a ese niño? ¿Por qué sufre? ¿Qué nos está diciendo con su comportamiento? ¿Por qué resulta, tan angustiante para los otros?
La singularidad de cada sujeto, no tiene parecido alguno con otra singularidad. Por tanto, es imposible de evaluar por un recurso estadístico.
Estos niños que, por lo general, se portan mal en clase, que no pueden parar quietos un momento, que no controlan sus impulsos, que no escuchan a quien les habla cuando se les pregunta por sus acciones,Ç«—o pueden responder cabalmente de ellas. No las subjetivizan, no las hacen suyas.
Son niños que presentan una imagen ideal más precaria respecto a otros niños en los que la imagen queda claramente anudada a ideales simbólicos y por ello muy sometida a la tensión agresiva con los compañeros. No terminan de situarse como uno más entre ellos, pues quieren destacar todo el rato.
Todo y que no estamos en el mismo punto que hace unos años y que hoy en día, ya se han pronunciado muchas voces, alertando del creciente número de niños diagnosticados, no podemos bajar la guardia.
Cuando hablamos de TDAH de que estamos hablando, ¿de un trastorno? ¿de una epidemia?¿de un negocio? Son preguntas que se hace la autora Heike Freire en su libro ¿Hiperactividad y déficit de atención?
Tanto la psiquiatría como el psicoanálisis tienen en cuenta el síntoma y apuntan a él, pero como sabemos la orientación que cada uno le da es diametralmente opuesta.
En psiquiatría, el individuo es tomado como un objeto de estudio, para poder incluirlo en la generalidad de una clasificación diagnóstica. Se pretende controlar con la medicación, lo incontrolable de la singularidad de cada sujeto, mientras que en psicoanálisis el sujeto, es tomado uno por uno, con su singularidad.
En psicoanálisis el síntoma también es signo de que algo no marcha bien, pero la diferencia está en que no hay saber sobre
el mismo, porque se trata del saber inconsciente, de algo que está reprimido para el sujeto y precisa ser descifrado.
Freud dijo que el malestar, el sufrimiento y el dolor humano es insoslayable. Están y estarán siempre con el ser humano. Subraya así, la imposibilidad en el ser humano, para lograr una adaptación y felicidad total.
Hoy en día a pesar de los avances de la ciencia, la hiperconectividad y la globalización, el malestar persiste revestido de otras formas. Se pretende crear un hombre nuevo apelando a razones genéticas y negando la subjetividad.
En este momento histórico en que se pretende evitar todo vacío, llenarlo de objetos que ilusoriamente nos satisfagan, se propugna como ideal a la libertad absoluta. Se pretende que exista un único
sentido de la vida; una vida sin ser viviente, obviando al sujeto que la habita, su individualidad, su deseo inconsciente y capacidad de elección.
No me gustaría concluir, sin añadir un nuevo punto a este tejido; una nueva aportación, que no puede dejar de implicarnos, no solo como profesionales de la salud mental, sino como sujetos de nuestra sociedad.
No podemos reducir el inconsciente, el sujeto histórico, a un neurotransmisor. Esta quizás sea una apuesta fuerte del psicoanálisis de nuestra época, a la que no debemos renunciar.
Matilde Mayor Psicoanalista y Psicóloga.
EL DUELO
“Nosotros dos sabíamos que deseábamos algo que estaba por encima del uno y del otro, algo especial y bien diferente, una clase de deseo bien diferente” (…)
Esta cita corresponde al libro “Una pena en observación” de un escritor inglés nacido en Irlanda (Belfast) llamado C.S. Lewis, donde narra el duelo por la muerte de su mujer Helen Joy.
En él queda reflejado el dolor que Lewis siente por dicha pérdida. Reflexiona sobre su desdicha y expresa el vacío, la soledad, la impotencia, el amor…etc.
Lewis escribe: “El duelo forma parte integral y universal de la experiencia del amor” (…)
Helen Joy era poeta y sentía desde hacía tiempo, una profunda admiración por Lewis al que solo conocía a través de sus obras. Del encuentro personal surgió el amor, pero la dicha duró poco, pues ella enfermó de cáncer y murió cuatro años más tarde, dejando a Lewis sumido en un profundo dolor.
Etimológicamente su nombre Joy, tiene su origen en el idioma inglés y su significado es alegría. Con el tiempo, este término evolucionó al francés antiguo como “joie”. Es un nombre que evoca positividad y entusiasmo, transmitiendo una energía alegre a quien lo lleva.
Cuando se conocieron Lewis vivía con su hermano y no había amado a ninguna mujer hasta que apareció Helen Joy.
Empezó a escribir este libro cuando aún no hacía un mes de su muerte. Él murió tres años más tarde de una insuficiencia renal.
Con la muerte de ella, con quién Lewis había sido tan feliz y a quien había amado tanto, pareciera que se le fue la alegría de vivir.
Lewis siente que una parte de él se ha ido con ella, “como alguien a quien han amputado una pierna, dice. En una operación como esta, una de dos: o el muñón herido cicatriza o el paciente muere”.
Teniendo en cuenta esto, podemos decir, que si hay cicatrización, es un duelo sano, por doloroso que sea, mientras que, si el sujeto muere en vida, sería un duelo patológico.
Por otra parte, los duelos no resueltos pueden reeditarse en los siguientes. Cuando es así, a una pérdida, por menor que parezca, le sigue un duelo excesivo o patológico. Esto lo podemos ver en Lewis…
¿Cómo repercutieron en Lewis sus duelos anteriores? Sabemos que Lewis cuando tenía cuatro años, un coche atropelló a su perro Jacksie. Tras su muerte, anunció que le tenían que llamar Jacksie. Si le llamaban por su nombre, no respondía, hasta que aceptó que lo llamaran Jack. Desde entonces, toda su vida fue Jack para la familia y amigos. Y firmaba sus libros como C. S. Lewis, ocultando sus dos nombres: Clive Staples. Así se siguen publicando.
También sabemos que cuando Lewis tenía nueve años, su madre, Flora, murió de cáncer. Casi cincuenta años más tarde, en su autobiografía “Cautivado por la alegría” (1955), dirá sobre esta pérdida: “Toda la felicidad estable, todo lo que inducía a la paz y a la confianza, desapareció de mi vida”.
El duelo es un proceso psicológico al que nos enfrentamos tras las pérdidas; algo que todos, tarde o temprano, vivimos a lo largo de la vida. Es lo que representa una pérdida para cada sujeto, vivida de manera particular y singular por cada uno.
Desde el punto de vista psicoanalítico, hay que evitar dar pautas e intentar entender el duelo particular de cada sujeto, teniendo en cuenta su subjetividad, considerando a los sujetos uno por uno.
Si pensamos en Freud, es importante poder diferenciar el duelo de la melancolía y para ello citaré un texto suyo titulado Duelo y melancolía, escrito en 1915 y publicado en 1917.
Podemos decir, que tanto el duelo como la melancolía, ambos empiezan por una pérdida. La pérdida, puede ser por un ser querido, un ser amado o de objetos más abstractos como la patria, la libertad, un ideal etc. Freud los llama objetos perdidos, tanto sean personas, como cosas, expectativas…etc.
Denominamos pérdidas, las etapas del crecimiento (niñez, adolescencia, vida adulta). Pérdida del país y tradiciones culturales (emigrantes). Pérdida de bienes materiales, del trabajo, de la vivienda, de estatus, de roles sociales. Pérdida de la salud de uno mismo o de un ser querido. Pérdidas de proyectos e ilusiones…etc.
Ante estas mismas pérdidas, en lugar del duelo sano, que es un proceso que se termina al cabo de un tiempo, puede darse una reacción patológica: la melancolía.
Por lo tanto ambos tienen características similares como son la tristeza, la inhibición, la apatía, desinterés por el mundo exterior y la pérdida de la capacidad de amar.
Ahora bien también hay diferencias:
En el duelo la pérdida sabemos que se produce por un ser querido. La apatía, desinterés e inhibición que se siente en el duelo es temporal y esperable, terminará en un periodo de tiempo y en un determinado momento la persona se repondrá de ese duelo. Lo perdido es una persona que ya no está, por lo tanto la pérdida es consciente; por lo cual entendemos que dicho desánimo y desinterés es esperable y lo previsible es que a su debido tiempo la persona logre superarlo.
Por su parte, La melancolía se distingue por las mismas características que el duelo, pero la pérdida es inconsciente. Esto quiere decir, que el sujeto sabe qué o a quién ha perdido, pero no lo que perdió con elloy además se le suma una nueva característica del yo. Hay una extraordinaria rebaja en su sentimiento yoico y un empobrecimiento del yo. Una parte del yo se contrapone a la otra, la aprecia críticamente, la toma por objeto. Todo ello sin una aparente explicación.
Para terminar diré que en un duelo no patológico, el sujeto llora al muerto, no se pierde a sí mismo y simboliza el proceso con
palabras que le dan un sostén. En cambio, en la melancolía, el sujeto muere con el muerto, hace que una pérdida parcial se convierta en una pérdida total y no puede simbolizar la pérdida.
Lewis al final de su libro, donde habla de sus miedos, señala entre otros, poder dejar de reproducir en su imaginación la cara de Joy y estar casi siempre pensando en ella. Poder dejar que el amor que siente por ella, quede sustituido por su recuerdo.
Estos miedos se van diluyendo, gracias a su trabajo y a las conversaciones que va teniendo. El ir poniendo la libido en otros objetos y que el deseo circule, le va a poder permitir seguir viviendo.
Matilde Mayor Psicoanalista Y Psicóloga
ANGUSTIA Y ANSIEDAD
La angustia es un estado afectivo de carácter penoso que se caracteriza por aparecer como reacción ante un peligro desconocido o impresión. Suele estar acompañado por intenso malestar psicológico y por pequeñas alteraciones en el organismo, tales como elevación del ritmo cardíaco, alteración del ritmo respiratorio, temblores, sudoración excesiva, sensación de opresión en el pecho o de falta de aire, mareo…etc.
En cambio hablamos de ansiedad cuando el
malestar o displacer psíquico se siente sólo en el psiquismo, no tiene trastornos corporales. El sujeto presenta una mala tolerancia de la incertidumbre y la espera. La mayoría de las veces el ansioso prefiere concluir rápidamente las cosas para no sentir ansiedad, o directamente no iniciarlas. Es como una actitud vital, un cierto apuro por vivir, como si se fuera a acabar la vida rápido, a veces es mas insoportable que la angustia.
Las palabras angustia y ansiedad, si bien son empleadas como sinónimos, tienen sutiles diferencias en cuanto a su significado y a su origen. El término ansiedad , proviene del latín «anxietas», congoja o aflicción. Consiste en un estado de malestar psicofísico caracterizado por una sensación de inquietud, intranquilidad, inseguridad o desosiego ante lo que se vivencia como una amenaza inminente y de causa indefinida.
La diferencia básica entre la ansiedad normal y la patológica, es que ésta última se basa en una valoración irreal o distorsionada de la amenaza. Cuando la ansiedad es muy severa y aguda, puede llegar a paralizar al individuo. Es como si el mecanismo del miedo necesitara de un objeto real fuera del sujeto, fuera del hombre, fuera de la persona que tiene miedo, real o fantástico.
Generalmente no se sabe de qué se tiene ansiedad o angustia.
Todos, en algún momento, estamos angustiado ante algo. El estudiante en la época de exámenes, por miedo a suspender. El sufriente deudor de una hipoteca, ante el temor de no poder pagar. El enamorado, frente a la amenaza de perder el amor de su pareja. Cualquiera que se encuentre ante una decisión importante, por miedo a elegir la opción incorrecta. Son situaciones en las que uno está angustiado, sin por ello padecer un trastorno de ansiedad, en los que la angustia desaparecerá cuando desaparezca el motivo real que la generó. Pero en otros momentos uno está angustiado y no sabe por qué. Si el temor o el miedo está en la realidad puedo huir de él, pero ¿cómo escapar de la angustia que proviene de mí mismo? No puedo escapar de mí mismo.
El paciente acude a consulta con síntomas de alteración, pensamientos negativos frente a sus seres queridos, miedo, sensaciones de ahogo y taquicardia que le provocan el temor a morirse. La angustia es señal de un peligro, un deseo inconsciente que el sujeto no puede elaborar psíquicamente. Toda situación de peligro provoca en la vida anímica un estado de gran excitación, que es sentido como displacer y que el sujeto no puede dominar. De un peligro exterior puede uno huir, pero no se puede huir de los propios deseos.
Los síntomas corporales los puede tratar la medicina a través de psicofármacos como, por ejemplo, los ansiolíticos, que son junto a los antidepresivos, los más recetados en todo el mundo. Los síntomas en el cuerpo puede que remitan con estos fármacos. Pero, ¿qué ocurre con los síntomas mentales?
Si uno no quiere quedar prendido de la medicación y que la vida de la persona gire en torno a la pastilla y los efectos secundarios, hay que interrogar al síntoma. Es más conveniente hacer una terapia y si el caso lo requiere ayudarse de la medicación.
Si te has sentido identificad@ en estos síntomas y necesitas ayuda profesional para hacerle frente, no dudes en consultarme.
Matilde Mayor Psicoanalista y Psicóloga.